Viaje a Montaña, un mar en el medio de Etiopia.


Estábamos en Paris o en Londres, no lo recuerdo, cuando leyendo una historia sobre este fascinante mar/lago en el medio del desierto, sobre como se pelean las multinacionales por ese ultimo paraíso de explotación turística. El tema es que decidimos ir allí. En el viaje, Pablo, un planner de DDB quien se llevaba muy bien con Erwin, se suman a mi viaje. En cuestión de minutos aterrizamos en una isla de la desierta etiopia, más precisamente en el puerto cercano a Montaña.

Junto a la ciudad de Montaña estaba una montaña de Sal. La más blanca del mundo. Una especie de precipicio de sal junto a un mar transparente y cristalino en el medio del desierto.

Viajamos con poco equipaje, de hecho, sin equipaje, lo único que yo llevaba era una almohada. Supuestamente que me llevé de mi sueño.

La isla tenía una forma de Ç donde la parte más baja de la Ç, era la salina. Ese interminable espacio blanco, con monumentos y ciudades microscópicas que vaya uno a saber quien construyó.

En la parte media de la Ç era donde habíamos aterrizado y además era donde salían los barcos a Montaña.

El problema político de Montaña, es que existe una lucha entre 4 frentes. Los dos pueblos locales y su eterna rivalidad, a la que se le sumaban dos conflictos, uno constante y el otro más reciente. El reciente se debe a las multinacionales y su ejército de mercenarios intentando ocupar estas tierras para establecer hoteles y explotar este paraíso turístico.

El constante, un ataque que pasaba cada 15 años, en el que las tribus de la tierra atacaban a la isla. No para tomar posesión, sino simplemente para templar a sus soldados. No había ganadores ni perdedores, pero si muerte y semblanza. Una forma de formar el carácter de generaciones, sin olvidarse que vivimos en una guerra donde lo importante es sobrevivir. Es muy importante el no perder nuestra capacidad de lucha, decían los antiguos. Y desde ahí la tradición se mantiene inquebrantable.

Parece que no teníamos mucho tiempo, porque no pudimos llegar a Montaña, como siempre pasa, nos quedamos perdiendo el tiempo en lugares que son poco importantes, en este caso, los salares. Creo haber escuchado algo como “La cosa está fea”, que uno de los soldados que protegen a los turistas, le dijo al guía. La cosa es que después de no más de un rato largo, nos volvimos al alsicafo que nos trajo de Madrid.

Entramos y para mi sorpresa, en mi asiento estaba mi almohada.
La agarré y desperté.

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