De vuelta.

Hace poco leí una cita de Caroll que decía algo así como: “Tené claro lo que querés decir, las palabras vienen solas”. Es verdad, es fácil ponerle palabras para describir algo que se tiene claro. Lo que Caroll se escondía era como hallar esa claridad. Como desenredar esta maraña de vida adulta que no hace más que complicarse día a día. No importa lo claro que parezca que tenemos las cosas. De una noche a la mañana, nos olvidamos de todo y despertamos en la más profunda confusión espiritual. Es que mientras más información tenemos, mas en bolas nos sentimos.
Nuevas teorías. Nuevos campos de aprendizaje no nos clarifican nada, simplemente empeoran nuestras dudas. Plantean nuevas. Acentúan antiguas. Hay una prueba para cada cosa que queremos creer. Espero que sólo la voluntad de creer en algo a calme esta agua de curiosidad infundada y recontra comprobadamente absurda.
Durante muchos años encontré fantástica la curisidad. La curiosidad me hizo, obviamente, descubrir cosas nuevas. Enterarme que había más allá de las montañas, del mar. De lo que parecía inalcanzable. Me hizo conocer gente nueva. Me hizo conocerme más. Pero como todo, en exceso no es recomendable. La lamparita que ilumina los volúmenes del conocimiento, no puede estar todo el día prendida. No se puede estar todo el tiempo queriendo leer más. Escuchar más. Me quemo. Se quema. Duele.

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