Rojo.

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Entra y se come todo. Todo. Todo. Empieza con la timidez y termina con la memoria. Se lo come todo. Me acorrala contra una esquina y me dice: Quedate quieto que ahora el que maneja todo esto soy yo. No te preocupes, que si no te acordás, es porque no pasó. Y los dos sabemos que no es así.
Rojo. Que me comés la boca y te me metés en la cabeza. Tirando todas las memorias fuera y sacando todo lo que se siente por las ventanas. Porque uno tiene que ser lo que es. Porque la mentira tiene agujeros rojos. Porque la verdad se esconde en la borrasca. Dejame que grite. Subime a tus hombros y dejá que todos me escuchen. No porque tenga algo importante que decir, simplemente porque lo tengo que decir. Porque quema dentro. Porque no lo sé amordazar.
Rojo. Pesado. Con cuerpo. Con olor a rico. Con olor a casa. A mi viejo. A lo que era calmo antes de que me enfrentara a los miedos y la corriente.
Rojo. Dejame en paz pero no te vayas lejos. No se vivir sin vos. No me encuentro. Como no se encontraban los otros. Como no me encontraba yo hasta que te conocí.
Y te prohíben. Porque me alejás de la realidad. Porque no me dejás vivir 10000 años pese a que no lo quiero. Porque agradezco cada segundo que pasé sobre este piso.
Rojo. Nos vemos mañana. Y pasado seguro que también.

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