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11.Bount.

“El vacío es simplemente una invitación”
Mark. A. Kistoger. Vacuo y la Humanidad Vol. 2. 1476. Reijavik.

El avión atravesaba el Río de la Plata. Un vuelo corto. A lo sumo 40 minutos y con suerte. Sacó su libretita y se puso a dibujar. A garabatear más que dibujar. Y llenaba cada rinconcito de las hojas con dibujitos. Frases. Ideas. Letras. Rayones. Una lucha cósmica entre el espacio y la materia, ahí, en el asiento de al lado. Obviamente me puse a intentar entender lo que escribía este gordito argentino, y se que era argentino, porque nosotros, los brasileros nos damos cuenta de cómo son los boludos antes incluso de que hablen. En mi portuñol, le pregunté si era un artista o por qué dibujaba así. Le piropié los dibujos, pese a que no me parecieron gran cosa, para ver si así me contaba más. Hablaba pausado. Como escatimando en palabras. No, no era artista. Le hubiese encantado, pero no. No se dió, me dijo. Ahora trabajaba en Piriápolis y se iba a Buenos Aires por dos días. “Cosas del trabajo” me dijo y luego se calló para seguir dibujando. No quería dejar ningún espacio vacío. Iba rápido. Debe haber llenado unas 7 hojas en lo que duró el viaje. Me animé un poco más y le pregunté por qué se esforzaba en dejar todas las hojas completamente llenas de “dibujitos”. Se quedó un poco callado y después de unos segundos me dijo: “Que se yó, me gusta”. Me quedé callado y entendí por que los argentinos se llaman de boludos.

12.Botek.

El dice que lo traicionaron, que si no hubiese sido por esa llamada anónima a la policía, nadie se hubiese dado cuenta hasta que la puerta estuviese cerrada. “Como debe estar”, le gustaba afirmar. Y sin embargo, los hombrecitos de azul llegaron en cuanto comenzó a montar los andamios.

Al principio intentó negarlo, dijo que estaba haciendo unas obras. Pero cuando le pidieron el permiso, la cosa se complicó. Intento convencerlos o conmoverlos quizás. Les explicó su singular obsesión: “Es que no puedo ver puertas abiertas. Vea oficial: ¿Vio cuándo uno no puede frenar algo? Algo que le sale de adentro. Que es más fuerte que todo. Que uno sabe que es ilógico, pero no puede dejar de hacerlo. Bueno, eso me pasa cuando veo una puerta abierta. La tengo que cerrar. ¿Me entiende? Por eso, cada vez que paso por acá, en mi cabeza tengo la sensación de un tenedor que raya un plato. Una tiza, que raspa un pizarrón. No lo soporto. Al principio, evitaba el camino. Me mude de barrio incluso, a pesar de que el trabajo es acá nomás. Es que me quemaba verla todos los días. Incluso ya el no verla, pero saber que está ahí, abierta, gigante y casi burlándose de mi. Encima la gente se saca fotos! ¿¡Cómo te vas a sacar fotos, si está abierta!? Me entiende, ¿no? Es por eso que hago todo esto. La necesito ver cerrada. Y no creo que estoy sólo en esto, se que hay muchos más que piensan como yo y van a estar felices cuando quede cerrada. Déjeme, por favor se lo pido. Es por el bien de la ciudad, créame.”

Mientras uno de los agentes lo esposaba y lo metía en el móvil policial, el otro llamaba por radio: “Si, vamos a necesitar un camión para cargar estos andamios. Si, si, acá, en la puerta de Alcalá”.

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