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15.Riton.

Eran violetas. No de un azul raro o un verde único. Violetas. Como las flores. Como ese tipo de cebollas que te encontrás a veces en el supermercado. Como la camiseta de Lanús. Violetas. Dos ojazos violetas para una carita perfecta de 17 años.

Se los encontró una vez. El terminando de jugar al fútbol, ella arriba de un caballo. Él, terminando su viaje de fin de curso. Ella vivía en el pueblito turístico que estaban visitando. Fue un encuentro corto, ella se acercó, le preguntó algo, él se quedó medio trabado, patinando. Dijo algo que la hizo reír y en cuanto se distrajo un poco, ella se perdió. Pensó que la iba a volver a ver, en estos pueblitos ves siempre a la misma gente. Error de esos que se aprenden de grande. El amor, pocas veces da segundas chances.

Durante años buscó. No a ella. A esos ojos. Buscó el no quedarse con las ganas de decir algo que se siente. No se perdonó, el no hablar con esa chica del metro con la que cruzaron miradas. Buscó eso que esos ojos le dieron. Esa seguridad. Ese cosquilleo. Ese vacío que dan ganas de saltar. Ese barco al que te querés subir. Esa calesita que da vueltas como ninguna otra. Buscó. Buscó. Buscó. Sin embargo. Los ojos violetas nunca llegaron. Porque rara vez llegan y pese a que uno los sigue buscando, eso a la vida le da un poco lo mismo.

16.Dilas.

Era el campeón de los 100 mts llanos en la escuela. “Llamarada”, le decían los compañeros del colegio. “Llamarada Dilas, la leyenda”. Pero cuando entró en la secundaria las cosas empezaron a tomar otro rumbo. Un día no terminó la carrera entre los 10 primeros y pensó que era normal, que los chicos de la secundaria quizás eran más rápidos. Tampoco fue que le diera mucha importancia. Ahora no estaba tan enfocado en lo de correr. La adolescencia era más importante. Un día, perdió el colectivo, porque lo corrió y no llegó. Y no es que lo tuviera que haber corrido mucho, no, era desde la mitad de la cuadra a la esquina. Y el colectivo venía lejos. Pero corrió tan despacio, que el colectivero pensó que no venía y se fue. Ahí la cosa se puso rara. Empezó a querer correr y era más lento que caminar. Y dejó de correr. Caminaba. Pero cada vez que ponía en su cabeza, “voy a correr” todo se ponía cómo en cámara lenta.

Un día, tomando su primer cerveza, se emborrachó un poco y caminando de vuelta a casa, se envalentonó y se propuso correr un poco. A medida que quería mover las piernas, todo se iba poniendo en cámara lenta. Generalmente él paraba, pero esta vez la cerveza lo convenció de seguir adelante. Y siguió intentando mover las piernas, lo intentó con todas sus fuerzas y entonces las cosas se pusieron raras.

Todo empezó a ir para atrás. El tiempo y el espacio iban marcha atrás. Volvió a la salida de la fiesta. Volvió a la despedida de sus amigos. Volvió a unas risas. Volvió a ver esa chica que tanto le gustaba y no decirle nada. Volvió a la cerveza en la mano. Volvió a encontrarse con sus amigos en la entrada. Volvió a la entrada de la fiesta. Volvió al bus. Volvió a estar en la esquina esperando. Volvió a su casa. Volvió a su cuarto para vestirse. Volvió a probarse varias cosas y seguir indeciso. Volvió a la ducha. Volvió a la cama. Volvió a la llamada de una chica que lo invitaba a la fiesta. Volvió a ver como sonaba el teléfono. Volvió a sentirse aburrido y ahí, justo ahí paró.

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