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29.Armo.

Es un poco su forma de defenderse. De crear una coraza. Con miedo de que le pase eso que le dijo su mamá. “Se lo tragó el amor”, le dijo.
Y así la vida de su hermanito menor se fue para siempre.
Mucho antes de poner un pie sobre la tierra.
Días antes que pudieran ponerle una cara.
El amor se lo comió. El amor lo masticó hasta hacerlo desaparecer.
Y el amor se le hizo un enemigo. Un asesino. Porque el amor no es lo mismo para todos. Porque no todos ven al amor como algo bueno.
Y si te agarra y no lo querés, te destroza.
Te come, como a tu pequeño hermanito que nunca fue.
Un monstruo al que no se puede combatir, pero si,
del que se puede escapar.

42 años, 2 meses, y 14 días.

Defendiendo. Escapando. Zafando.

Porque si el corazón se distrae con una sonrisa. Chau.
Te come el cuco.

30.Cepiti.

Han estudiado que el corazón no tiene nada que ver con las emociones, el verdadero responsable es el hígado. Ciencia. ¿Qué sabe la ciencia sobre el amor?

Cuando me trasplantaron el corazón, mi mujer al principio se puso contenta, pero había en su mirada algo de desconfianza. Algo que le decía que tuviese cuidado. Me preguntaba todos los días si la seguía amando, a lo que yo siempre le respondía, “Como el primer segundo en el que te vi”. Obviamente no era verdad, en especial después de 54 años batallando juntos. Ella lo sabía, pero de alguna forma esa respuesta parecía tranquilizarla.

Es difícil creer que uno se puede volver a enamorar a mi edad. La vi en el metro. Un joven me cedió su asiento y como estoy viejo y sin ganas de hacerme el ofendido, me senté y quedé frente a su belleza. Obviamente podía ser su padre. Quizás su abuelo. Sin embargo no pude contener el caer enamorado de ella. Había algo que no me permitía sacarle los ojos de encima. Viejo verde, pensé. Pero no, no era eso. Se me encendió el pecho. Se me puso caliente. Sentía como mi nuevo corazón latía tan fuerte que me había olvidado como se hacía. Parece que fueron esos latidos, los que la llevaron a cruzar su mirada con la mía. Era como si hubiese sentido el ruido desde la fila de enfrente. El vagón se había vaciado un poco. Ella se cruzó para sentarse al lado mío. Mi corazón quería abrir la herida en el pecho para salir a abrazarla.

“Creo que lo conozco”, me dijo con la voz más dulce que recuerdo y recordándome con ese “lo” que yo era un viejo, a los que no se tutean. “No creo, me acordaría”, le dije, haciéndome el galán. Ella insistió en que había algo en mí que le hacía sentir que me conocía. Hablamos un poco del pasado para ver si salía algo y nada. Bromee sobre mi trasplante de corazón y que quizás mi corazón era el de un ex-novio de ella. Sonrío, pero me dijo que no lo creía posible, que todos sus ex estaban vivos. Durante un ratito hablamos de las banalidades de la vida hasta que llegó mi parada. Me tuve que bajar, ella se paró conmigo, por un tiempo pensé que se bajaba conmigo. Y me imaginé con ella tomando un café. Incluso llegué hasta sentir sus jóvenes labios en mi agrietada boca. Agradecí a este corazón nuevo el hacerme sentir como un pibe otra vez. Salí del vagón. La puerta se cerró. Y ella ni me miró. Y así se fue. Y me volví a quedar con el corazón roto, aunque lo tenía nuevo. Cuando llegué a casa, mi mujer me preguntó como me fue. Le mentí. Y cuando me volvió a preguntar si la seguía amando. Esta vez, no mentí.

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