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37. Pulet.

Como una gran muralla plantada ante él que parece no tener ninguna fisura. Altísima e impenetrable. Así se le plantó el último de los por qué a Pulet. La última pregunta de todas, estaba frente a él.

Desde siempre, vivía preguntando a todo: Por qué? Cuando era chico volvía loco a sus padres y profesores. Porqués que seguían a otros nuevos porqués. Siempre incansable y queriendo saber más. Muchas veces, parecía que lo hacía a propósito porque lo que buscaba no era una respuesta, sino el poder seguir preguntando. Y así fue por la vida. Hasta que una tarde, después de comer, se preguntó su último por qué.

Era ese por qué que no tiene ni indicios de respuesta. Ese por qué, que no parece desenroscarse cuando empieza a salir esa luz al final del camino.

Pulet no supo como seguir. No se imaginaba cuál podía ser la respuesta que le seguía a esa pregunta. Se quedó parado. Quieto. Callado. Dicen que el miedo paraliza. Quizás sea eso, miedo. De preguntar lo que sigue a una pregunta que nos da miedo saber la respuesta.

Todavía está ahí. En ese bar. Con una cerveza que ya está caliente y sin gas. Esperando. No la respuesta, sino el como salir de la pregunta.

38. Fusto.

Hay gente que se enamora varias veces en la vida y hay otra que sólo lo hace una vez. Fusto no es el tipo más enamoradizo del mundo y su historia de amor se resume a una tarde. De hecho, no llega ni a una hora de una tarde. La vió y fue instantáneo. Nunca había visto nada así. No se lo esperaba. Sus formas. Su blancura. Su elegancia. Liberaba su imaginación y lo hacía sentirse volar. Era como si flotara. Se enamoró como uno se enamora, sin pensar en lo que sigue. Sin poder resistirse. Dejando que la cabeza se calle y que el alma hable. Siguiendo algo que tiene que tener una razón más allá de la que sólo quien se enamora, entiende. Y la amó. Amó a esa nube blanca durante lo que ella duró en el cielo y hasta mucho después de que desapareció. Como desaparecen los amores, dejándonos sin nada más que un gigante cielo azul, lleno de nubes que se parecen a la nuestra, pero no lo son.

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