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59. Lumet.

“Lo que no te mata te hace más fuerte” dijo Nietzsche y Lumet lo entendió. La primera vez que casi se ahoga. Tenía 4 años y una ola lo dejó tragando agua de mar durante un rato. Las olas no paran, por eso cuando se levantaba de la anterior, la próxima lo tiraba de nuevo al piso. Su papá se dio cuenta y lo salvó de esa primera muerte. No fue la última vez que el mar se ensañaba con él. Le volvió a pasar a los 11 y la última vez a los 13. Cuando decidió enfrentarse él solo a su enemigo y meterse en el mar en pleno invierno, sin que nadie lo vea.

La idea era que pudiese meterse en el mar y enfrentar las olas. Ola a ola ir perdiendo el miedo sin la vergüenza del verano, cuando todos miran. Llegó a la playa, se quedó en bañador y se decidió a entrar en el mar. En invierno las olas son mas grandes y el agua hace exactamente lo opuesto a subir de temperatura.

Se quedó mirando el agua antes de entrar y un miedo que no había sentido antes se le amontonó en los pies. Cuando dio el primer paso hacia la ola ya rota, su pie se elevó un poco, casi como acompañando al agua pero encima y sin tocarla. Lo extraño pasó cuando el agua llegó al segundo pie y este también se elevó un poco, justo por encima del agua, no muy alto pero un poco, lo suficiente para no tocar el agua. El desequilibrio de tener los dos pies en el aire, sin tocar el agua hizo que Lumet cayera, pero sin tocar el agua. Estaba flotando sobre ella y ese fue el día que aprendió que podía volar sobre el agua. No mucho, a lo sumo unos 10 cm sobre la superficie.

El volar, no le quitó el miedo. Simplemente lo hizo un poco más llevadero.

60. Vakie.

Mediocre no es la palabra, porque no le va mal. Pero tampoco le va tan bien. Es una especie de intermedio. No es que sea un tipo de esos a los que no le salen las cosas, no, no. Para nada. Le va bien. Es sólo que no es el número 1. Siempre se queda en el segundo puesto. Un poco como le pasa a Holanda en los mundiales. ¿Es un mal equipo? No. ¿Es el mejor? Tampoco. Bueno, así es Vakie. En todo. Se destaca, pero no brilla. Es guapo, pero no tanto. Sabe, pero no todo. Esta realidad de ser siempre el segundón hace que no se sienta bien todos los días. Tampoco se siente pésimo, simplemente mal. Porque como le pasa para arriba, le pasa para abajo y no puede ni deprimirse, ni sentirse el peor de todos. No puede llegar a llorar, porque el dolor no llega hasta ahí. No puede enojarse, porque no llega a ese punto. Siempre se queda un poquito antes de explotar. De llegar. A donde sea.

A veces la vida es indecisa hasta con las personas.

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