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61. Todin.

Cuando tenía unos 10 años vivía frente a un descampado, en el que habían unos arboles sin muchas ramas y una vereda mal puesta. Con sus hermanas, cruzaba a construir una casita en el árbol de enfrente. Habían dos árboles y la pelea con sus amigos del barrio, era para ver quién conseguía el mejor, porque era más redondito y la casita se podía hacer más fácil. Una vez, se agarraron a pedradas con otra banda para defender su reino arbolado y quedarse con el árbol redondito. Siempre le decían que había que tener cuidado con las piedras porque un chico había perdido un ojo. Por eso usaban cascotes de barro, que dolían pero no te dejaban tuerto.

Hoy por la tarde, después de 42 años esperando, Todín deja su piso en Santa Caterina para mudarse a un árbol redondito, en el que se construyó una casita, mucho mejor que la que tenía cuando era chico y que esta vez va a defender a los piedrazos, sin importarle si alguno se queda tuerto o no.

62. Ritul.

Empezó con una rama que lo dejó flotando por dos días. El viejo recuerdo lo despertó por la mañana. Una baldosa caliente y el piso junto a su panza, mientras él se recostaba y miraba el cielo. Un poquito de agua recubría el piso. Finito y calentito por el sol, mojaba la vereda y sus hermanas jugando en el pequeño jardincito de la puerta de casa. Él volvía a ser niño y se acordaba perfectamente de su cuerpo liviano, tenso, lleno de energía y donde la carne estaba casi pegada al hueso. Sentía de nuevo esa energía que se siente cuando uno es niño y todo viene por delante. Donde los problemas son entre amigos y familia. No hay trabajo. No hay gobierno. No hay dinero ni status. Ni ego ni carrera. Problemas de chicos. De los buenos. De los importantes.

Era un recuerdo que no parecía a los otros recuerdos que la gente tiene, era muy real. Casi podía sentir el olor a cemento mojado debajo de mentón.

Se levantó y empezó el día como cualquier otro, pero la sensación del recuerdo lo acompañaba a todas partes. Hasta se sentía más joven de nuevo. No le extrañó cuando su mujer le dijo que lo veía mejor, más lleno de vida. Tampoco le extraño que al verse al espejo antes de salir hacia el trabajo, se notara menos arrugas y menos panza. Se metió en el metro y como el viaje era largo, se quedó entredormido y le volvieron los recuerdos. Esta vez ya era todavía más chico y recordaba como el corazón de su mamá latía mientras él tomaba la teta. Sus manos jugaban con una cadenita de oro. Apoyaba la oreja contra el pecho y escuchaba como su mamá hablaba con una amiga, mientras él miraba todo desde abajo. Volvió a sentirse seguro, feliz. Nada en el mundo le importaba más. Estaba completo. Entendía que ahí no podía pasarle nada, su mamá lo protegía de cualquier cosa que ocurriese allá afuera, fuese lo que eso fuese, porque todavía no lo descubría. No había prisa.

Se bajó del metro, caminó dos cuadras y entró en el trabajo. Saludó a la chica de la puerta como todos los días, y siguió hacia su oficina, sin preocuparse demasiado porque la chica no le devolvió el saludo y se quedó mirándolo. Antes de entrar en la oficina, se dio cuenta que la chica estaba atrás de él, mirándolo un poco asustada hasta que le preguntó si necesitaba algo.

Ritul se rió y le dijo que un café que venía medio dormido. La chica le dijo que si venía a buscar a alguien y que cómo había entrado. Él le dijo que por la puerta y que se dejara de joder que tenía un día bastante largo. La chica le dijo que si no se iba, tendría que llamar a la policía. Ritul no entendía nada mientras se acercaba a la cocina para buscar un café. Siempre llegaba primero que nadie así que no había gente en la cocina. Puso la capsulita en la máquina y cuando se notó las manos más flacas. De casualidad se miró en el reflejo del microondas y se reencontró con una cara que hacía 32 años que no veía. El ruido de la maquina del café lo sacó del trance. Se metió corriendo al servicio de hombres y se trancó en uno de los cubículos del baño. La chica desde afuera, le gritaba que había llamado a la policía. Todavía no entiende por qué, pero apagó la luz.

Se sentó en el inodoro. No entendía lo que pasaba. Cerró los ojos y vino otro recuerdo. Estaba sentado en la cocina de la casa. Su hermana más chica estaba en el cochecito. Eran los tres esperando a que llegara el papá del trabajo. La mamá le estaba enseñando a comer y su hermana no quería y por eso lloraba. Él se acordaba de un jueguito que le habían enseñado cuando era chico en el que decía algo así como: Un dos tres, quién es? Jimwes. Pasá. Tomá! Y se daba una cachetada en la cara. Esto parecía funcionar de maravilla y la hermana se moría de risa. Cuando se reía, volvía a comer. Los tres, solos en la casa, con todas las luces apagadas, en un invierno de esos fríos, fríos, refugiados junto al horno encendido de una cocina, en la que sólo había una luz y cuatro personas esperando a que papá llegara de un largo día de trabajo.

Se despertó del recuerdo cuando una voz de un hombre golpeaba la puerta. Abra joven, le decía el hombre. Cuando Ritul respondío que sí, que sólo un minuto, se le heló la sangre. Su voz era suave y arrastraba las S convirtiéndolas en Z.

Todavía se acuerda de la cara de la chica y el señor al mirarlos como se bajaba del inodoro, porque no hacía píe. Es un niño, dijo el señor, cómo llegaste acá le preguntó. Taminando respondió él.

Los recuerdos dejaron de venir y en un par de días Ritul recuperó su edad natural. Sus problemas naturales y su depresión natural. Por ahora sólo quema algo en las vacaciones y por las dudas, alquila casas que tengan una cerca alrededor de la piscina.

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